Cuento personalizado – El árbol mágico de Pablo y Pilar

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ÁrbolmágicoUn primer aniversario y un primer cuento personalizado. Así comienza la historia de Pablo y Pilar y la de un extraño hombre que se cruzó en sus caminos. 

 

Pablo tenía 38 años y 1,92 metros de altura. Divorciado. Pilar era más joven y contaba con unos cuantos centímetros menos, pero el caso es que encajaban perfectamente.

Desde que pasaran aquel fin de semana juntos en Cuenca, había transcurrido ya casi un año. Y en esos doce meses, a medida que, viaje a viaje, aumentaban la cuenta de kilómetros recorridos, la distancia entre ellos dos se había reducido hasta casi desaparecer. Se compenetraban a las mil maravillas y no había situación, por muy complicada que pudiera parecer, que no fueran capaces de superar. Por eso, aquel primer aniversario merecía ser celebrado por todo lo alto.

Las Navidades ya habían pasado y por fin habían encontrado un momento para estar a solas. Esa misma noche, a las diez en punto, habían quedado para cenar en un coqueto restaurante del centro de Madrid. Todavía faltaban dos horas, pero Pilar comenzó a prepararse. Quería tomarse su tiempo para cuidar cada detalle. La ocasión lo merecía.

Mientras ella se duchaba, más al norte, en el barrio de Hortaleza, Pablo intentaba que Álvaro y Érika terminaran de cenar. La tarea estaba resultando bastante complicada porque a sus seis y cinco años, respectivamente, los dos niños preferían jugar con su padre que permanecer inmóviles antes una mesa. Afortunadamente, para la tranquilidad de Pablo, sus padres, Florencio y Angelita, acudieron al rescate, otorgándole una pequeña tregua para vestirse. Tenía unas ganas inmensas de ver a Pilar y eso le encantaba. Le gustaba sentir ese vértigo cada vez que se encontraba con ella. Y sabía que aquel sentimiento era correspondido. Si algo le gustaba de Pilar era su claridad y esos ojos que nunca mentían. Con una rápida mirada, dio su aprobación a la imagen del espejo. Aquella noche se veía guapo. Cerró la puerta de casa y se dirigió al coche.

El móvil vibró.

Tras un pequeño respingo, Pilar se acercó a la mesa para coger el teléfono. El WhatsApp anunciaba un nuevo mensaje.

           Pablo

Voy de camino, pero llegaré un poco más tarde. Lo siento. Ya la he dicho a la chica del restaurante que nos retrasaremos unos minutos. Bs.

            Pilar

Le

            Pablo

¿Le? No te entiendo…

            Pilar

Ya LE he dicho a la chica del restaurante J

            Pablo

Perdone usted, doña RAE.

            Pilar

JA, JA, JA. Ven pronto, tengo muchas ganas de verte.

            Pablo

Y yo más.

 

Cuando el semáforo se puso de nuevo en verde, Pablo dejó el móvil y se dispuso a acelerar. De repente, un señor apareció de la nada bloqueando su paso. ¿De dónde había salido? Pablo tocó varias veces la bocina, pero el hombre no se movió ni un ápice. Tendría unos cincuenta años y una mirada impasible. Pablo bajó la ventanilla del coche y le pidió educadamente que se apartara. Obviamente, cumpliéndose una vez más la certera ley de Murphy, sus ruegos no tuvieron ningún efecto. Cuanto más prisa tiene uno, más complicado se lo ponen los astros.

—¿Se encuentra usted bien? —preguntó Pablo, que había empezado a pensar que aquel tipo estaba sordo—. ¿Me ha oído? —insistió.

—Sí, no solo le he oído, sino que le he escuchado perfectamente —respondió el hombre. Tenía una voz grave y segura—. Y ahora que lo pregunta… no. No me he encuentro nada bien. Tengo un dolor de cabeza insufrible y todavía me queda mucho trabajo.

—Oiga, siento mucho que no esté teniendo un buen día, pero le agradecería que se apartara. Ya llego bastante tarde —dijo Pablo.

—Alguien sabio podría decirle que debería usted haber salido antes, pero, claro, yo no soy sabio… A veces ni siquiera sé si soy alguien o directamente nadie —afirmó el hombre.

—De verdad, siento su crisis de identidad, pero necesito que se mueva de ahí. Un paso a la derecha y los dos podremos continuar con nuestras vidas. —Pablo se arrepintió casi al instante de su tono. Había sonado demasiado brusco. Por un momento, le pareció que el gesto del hombre había mutado hacia una mueca de irritación. ¿O era una impresión equivocada?, pensó Pablo.

—¿Podrías llevarme al Retiro? —Para alivio de Pablo, la voz del extraño tenía un matiz amigable.

—¿A estas horas?

—Necesito ir a un sitio y tú tienes uno de esas cosas con cuatro ruedas que se mueve tan rápido.

—¿Se refiere a un coche? —preguntó Pablo alarmado.

—Sí, eso, pero, por favor, tutéame. Entonces, ¿me llevas?

—Pero es que ya llego tarde… —dudó Pablo.

 

El hombre, que captó su titubeo, no perdió el tiempo y lanzó su ataque.

 

—Tienes cara de buena persona. Además, seguro que te coge de camino.

 

Sin saber cómo, Pablo se encontró con aquel hombre perfectamente ubicado en el asiento de al lado de su Megan blanco. Decidió que le llevaría, aunque su mente había barajado la idea de dejarlo en el hospital más cercano. Quizá sufría algún tipo de demencia, aunque sus ojos estaban serenos.

 

[…] Lo siento, pero el final del cuento es solo para ellos.

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