Cuento personalizado – El bosque de enfrente

publicado en: comienzos | 0

ElBosqueEnfrenteStencilPortadaUn nuevo cuento personalizado que nos acerca a la hermosa Barcelona y a un mundo todavía más hermoso: el encuentro de un personaje con su creadora. Compartimos con vosotros las primeras palabras de esta historia tan especial y que tanto nos gustó escribir.

El loco

Laura apoyaba sus codos sobre la delgada barandilla de hierro negro que enmarcaba su balcón. Era uno de sus lugares favoritos. Desde ahí mismo, sin moverse de casa, contemplaba las espectaculares vistas que ofrecía la Sagrada Familia de Gaudí. Siempre había soñado con vivir frente a la catedral del modernismo y lo había conseguido… como tantas cosas, aunque a su modestia le costara trabajo reconocerlo. Porque así era Laura. Si algo se le metía en aquella cabeza inquieta y creadora no paraba hasta conseguirlo.

Ese día, mientras analizaba el horizonte gaudiano en busca de algún pequeño detalle todavía por descubrir, notó algo extraño. Era un mañana gris de otoño, aunque inapropiadamente cálida para esa época donde el invierno ya golpea la puerta. Sin embargo, la sensación no parecía provenir del exterior, sino más bien de su propio cuerpo. Después de un rato tratando de identificar de dónde procedía aquella curiosa percepción, decidió no darle más vueltas. Seguramente su cercano cumpleaños tenía algo que ver en aquellos pensamientos. No es que le importara cumplir años, pero era inevitable pensar en lo rápido que pasaba el tiempo.

Intentó olvidarse del tema y retomar la corrección que le esperaba encima de la mesa, pero, tras cinco minutos con la vista fija exactamente en las misma sílaba, había llegado el momento de dejarlo. De repente le entraron unas ganas terribles de cantar y se puso —¡cómo no!— al Loco.

 

 

Brillaban navajas a la luz de la luna…

 

     Laura bailaba al ritmo de la voz de Loquillo. Él era una especie de amor platónico capaz de llevarla a ese lugar donde los pensamientos no tienen entrada de acceso y deben quedarse fuera, esperando pacientemente.

Con la mente renovada, se encontró mejor. Es cierto que la sensación de extrañeza todavía permanecía ahí, agazapada en algún lugar. Sin embargo, parecía haber perdido fuerza y ya no resultaba tan evidente ni tan molesta.

Cogió el abrigo y salió de casa.

Un paseo otoñal por el parque no le vendría nada mal.

Dejar una opinión