Cuento personalizado – La ciudad de los sueños

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Os presentamos un nuevo comienzo de un cuento personalizado. En esta ocasión, la homenajeada era una asturiana muy querida por sus hijos, y así se lo quisieron decir en su 65 cumpleaños.

 

Sorpresa entre las flores

Las calles de Oviedo proyectaban una jovial vitalidad propia de la esperada época de rebajas. Ni siquiera la fina lluvia evitaba que el centro rugiera con el bullicio de cientos de caminantes cargados con bolsas. Celina observaba el espectáculo como quien analiza un gran cuadro: con atención y curiosidad, pero a una distancia prudencial para contemplarlo en su plenitud. Disfrutaba viendo el gentío yendo y viniendo y escuchando las conversaciones que cruzaban fugaces por sus oídos.

     Cansada tras una larga caminata de horas sin rumbo fijo, decidió que había llegado el momento de regresar a casa. Sin embargo, como si su destino tuviera otros planes para ella, al doblar la esquina, Celina se topó con el escaparate de una tienda que captó su mirada. A simple vista, todo apuntaba a que aquel hermoso expositor pertenecía a una floristería. «Aunque desde luego no a cualquier floristería», pensó Celina. Las flores y plantas que lucían tras el cristal eran espectaculares, de unos colores tan vivos que no parecían pertenecer a este mundo. Celina, rebosante de curiosidad, cruzó el umbral. El movimiento de la puerta al abrirse dejó al descubierto aromas deliciosos y embriagadores.

     —¿En qué puedo ayudarla, señora? —La voz pertenecía a la de un hombre de mediana edad, trajeado y con un negro bigote que enmarcaba un rostro apuesto y armonioso. Parecía sacado de un club de jazz de los años veinte.

     —Buenas tardes. Tiene unas flores bellísimas. Jamás había visto nada parecido —contestó Celina observando la delicadeza de algunos ejemplares—. ¿Cuándo abrieron la floristería? No deben de llevar mucho tiempo, ¿no?

     —Muchas gracias, señora. Nos sentimos muy orgullosos de todas y cada una de nuestras plantas. Sin embargo, tengo que decirle que llevamos ya unos cuantos años en la ciudad. Somos una de las floristerías más antiguas de Oviedo —respondió el hombre con un tono cortés.

     —¡Oh!, ¿de verdad? Nunca había reparado en su tienda. Debe de ser cosa de la edad —sonrió Celina.

     —Seguramente se deba a que estamos en un lugar un tanto escondido y no a su edad. Déjeme que le diga que es usted una mujer de una gran belleza natural —afirmó mientras la miraba directamente a los ojos.

     Celina se sonrojó al escuchar aquella galantería.  A punto de cumplir los 65 años, nunca había presumido de belleza y no porque no tuviera motivos para ello.

     —Dígame, ¿está interesada en alguna flor en particular? —continuó el florista—. ¿Qué le parecerían unos lirios de los valles? —preguntó señalando un racimo de flores blancas y acampanadas que desprendían un dulce perfume.

     —Realmente son hermosos —afirmó Celina.

     —Sin duda están a su altura —dijo el hombre manteniendo una mirada segura—. Le aseguro que allá donde los ponga brillarán con luz propia… como usted.

     —La verdad es que no había pensado en comprar flores… pero bueno, bien pensado, unas flores naturales siempre alegran el día. ¡Por qué no! —sonrió Celina intentando no ceder al rubor.

     El tendero envolvió con delicadeza los lirios y acompañó a Celina hasta la puerta. La despidió besándole la mano.

     —¡Oh! ¡Qué cabeza! Casi se me olvida. Discúlpeme un segundo, por favor —comentó el hombre para desaparecer y aparecer en un abrir y cerrar de ojos—. Tome. Esto es suyo —dijo tendiendo a Celina una papeleta que recordaba a un billete de lotería—. Estamos organizando una rifa entre nuestros clientes. Hoy es el último día para participar. Si sus números son los elegidos, será obsequiada con un viaje para dos personas a la ciudad de los sueños.

     —¿La ciudad de los sueños? —preguntó Celina.

     —Sí. La hermosa Nueva York —respondió.