Cuento personalizado – La mujer del sombrero rojo

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Aquella noche, Antonio dormía. No se trataba de un descanso apacible y reparador. Su cuerpo percibía la inquietud aunque era incapaz de saber de dónde venía. Así transcurrieron las horas, entre vueltas y más vueltas, hasta que la mente de Antonio decidió que no valía la pena dedicar más tiempo a aquel sueño intranquilo.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Rosa, que permanecía en la cama a su lado observándolo.

—No he dormido nada bien —dijo Antonio.

—¿Alguna pesadilla? —quiso saber Rosa.

—No lo recuerdo, la verdad. Son nervios —contestó Antonio.

—Bueno, como es sábado, puedes quedarte en la cama otro ratito más, ¿te parece? —le sonrió Rosa.

—Creo que no. Ya me he desvelado, así que aprovecharé la mañana. Voy a dar un paseo —comentó Antonio ensimismado.

—¿Quieres que te acompañe? —sugirió Rosa.

—No —dijo en un tono seco—. Perdona, cariño —rectificó al segundo acariciando a su mujer—. Me noto inquieto y prefiero dar un paseo solo a ver si descargo la energía acumulada. Volveré enseguida. Lo prometo.

Todavía era algo pronto, por lo menos para una mañana de fin de semana fría y ventosa. Las calles de Madrid se encontraban vacías. Solo los comerciantes daban vida a aquella estampa invernal. Antonio caminaba rápido sin detenerse en nada más que no fueran sus propios pensamientos. Trataba de averiguar cuál era la fuente de aquel inesperado estado de nerviosismo, pero no parecía hallar respuesta alguna. En esas estaba cuando de repente una mujer cruzó por su mirada. Sus pasos eran todavía más apremiantes que los de Antonio. Llevaba un abrigo azul hasta las rodillas y unos zapatos de tacón grueso que rebotaban con fuerza en el asfalto produciendo un sonido rítmico y hueco. Aunque solo alcanzaba a ver su perfil derecho, parecía joven. Llevaba un bolso grande rojo y un sombrero a juego. Desde luego, aquella vestimenta parecía sacada de viejos álbumes de fotos en blanco y negro.

El viento traicionero sacó a Antonio de sus recuerdos. Una ráfaga helada y cortante lo golpeó con fuerza y alcanzó también a la mujer arrebatándole el gorro. La suerte —o quizá el destino— quiso que fuera a parar a los pies de Antonio.

—Disculpe, ¡señora, señorita! —gritó Antonio mientras la mujer se daba la vuelta—. El sombrero, se le ha caído.

Tal y como había intuido, su rostro blanco y terso enmarcado por un cabello rubio y ondulado reflejaba una juventud en su máximo esplendor.

—¡Oh, muchas gracias, caballero! —exclamó ella mientras corría hacia su sombrero—. No sabe cuánto se los agradezco. No creo que pudiera resistir una travesía en barco sin mi adorado sombrero —explicó atropelladamente.

—¿Se marcha de viaje? —se interesó Antonio.

—¡Oh, sí! Mi barco zarpa en apenas unos minutos. Debo darme prisa o lo perderé —respondió la mujer.

—¿Barco? —preguntó Antonio aturdido.

—Uno de esos barcos enormes que cruzan el océano. Será mi primer viaje. Y quién sabe si también el último. Deséeme suerte. A ver si en esta ocasión llegó a tiempo —dijo sonriendo mientras se alejaba con rápidas y ágiles zancadas.

Estas líneas que acabáis de leer son el comienzo de un cuento personalizado creado en exclusiva para Antonio, un madrileño muy querido. Su mujer y sus hijas querían darle un regalo muy especial en su 60 cumpleaños.