Cuento personalizado – La otra historia de Eurídice y Orfeo

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EuridiceOrfeoPortadaUn nuevo cuento personalizado que nos acerca a la mitología griega y a una leyenda de esas que se quedan marcadas para siempre. ¿Podrá esta vez Orfeo salir del inframundo junto a su amada Eurídice? Así comienza…

 

Una hermosa mañana de enero

Pablo salió de casa con esa sonrisa que tan bien le sentaba. Era una mañana de enero clara y fría, de cielos azules y sinceros. La luz del sol que justo acababa de abandonar el amanecer impregnaba el ambiente de un aroma casi irreal, capaz de transportarte a los más bellos parajes. Por un segundo, Pablo cerró los ojos, absorbió el aire limpio y soñó con Nueva Zelanda. Esa mañana le hacía sentirse más cerca que nunca de aquellos hermosos paisajes que algún día visitaría.

Con ese pensamiento dando vueltas en su cabeza, empezó a trotar. El frío no le sentaba bien a sus piernas, pero sí a sus pulmones que agradecieron la bocanada helada que les llegó.

Se sentía feliz.

Subió el volumen de la música y dejó que el ritmo de las guitarras marcaran sus zancadas.

En los auriculares, Offspring sonaba con su tema de vanguardia Self Estem.

«I wrote her off for the tenth time today».

Pablo tatareaba mientras seguía avanzando. Su selección de música no estaba nada mal. Quizá no llegara a la altura de The Busti’s Choice, pero se le acercaba bastante.

Las vibraciones mantuvieron su mente en blanco durante un buen trecho hasta que pensó en Elena.

Cuando terminara de correr iría a buscarla y la invitaría a comer fuera. No había nada especial que celebrar. Simplemente le apetecía darle una sorpresa y pasar un rato divertido junto a ella. Desde hacía algunos meses, Elena estaba pasando por un momento complicado, aunque, poco a poco, los ojos claros de ella, capaces de lanzar arrebatadoras sonrisas, iban ganando de nuevo terreno. Pablo estaba contento y orgulloso por los logros que Elena había conseguido.

Aunque costara reconocerlo, a veces se sentía un poco perdido y no sabía cómo ayudarla. No eran pocas las ocasiones en las que había querido ponerse en su piel para poder decirle las palabras justas que ella necesitaba oír. Con un segundo le hubiera bastado. Sin embargo, la realidad era bien distinta y te obligaba a caminar a ciegas por terrenos desconocidos. De todas formas, él siempre había confiado en la buena gente y en que cuando el corazón es noble las posibilidades de éxito crecen exponencialmente. Por eso, estaba convencido de que todo iba a ir bien.

Se centró de nuevo en la música intentando dejar sus pensamientos aparcados durante unos minutos. Apenas habían pasado unos instantes cuando escuchó un susurro.

«Mira siempre hacia delante», dijo una voz grave.

Sonaba a sueño, como si procediera de las mismas entrañas de la tierra. Pabló miró a ambos lados, pero no captó nada ni a nadie.

«Mira siempre hacia delante», repitió la misteriosa voz.

Esta vez sonó mucho más cerca, como si emergiera de los mismísimos auriculares.

Pablo se paró de golpe. Se quitó los cascos y observó detenidamente su alrededor. Miró arriba, abajo, hacia la derecha y la izquierda. Se encontraba totalmente solo. Aquella soledad tampoco le extrañó teniendo en cuenta que era sábado y que las horas sin duda resultarían excesivamente tempranas para muchos. Estaba a punto de reanudar la marcha cuando una especie de soplido acarició su cuello.

Miró hacia atrás con decisión y encontró… la más inmensa nada.

Cuando volvió la vista al frente, sus músculos se tensaron y un gesto de preocupación se instaló en su rostro.

Allí, plantado, a escasos metros, se encontraba la figura de un hombre. Era tan alto como Pablo y tenía una complexión delgada, rozando la extenuación. Llevaba un traje negro rematado con un elegante sombrero gris. En su mano derecha, portaba un bastón sobre el que apoyaba su enjuto cuerpo. Pablo intentó escudriñar su cara, pero aquel tipo mantenía el rostro en una penumbra absoluta.

—Buenos días, amigo —dijo el hombre. Su voz era imponente y emanaba templanza.

—Buenos días —respondió Pablo educadamente—.  Vamos a ver si seguimos corriendo. Hace un día estupendo —añadió mientras se ponía de nuevo los cascos con la intención de retomar la marcha lo antes posible. Aquel personaje no le daba buena espina.

—Desde luego hace un día estupendo, aunque quizá no para usted —susurró el extraño como si aquellas palabras carecieran de importancia.

—Perdone, ¿le conozco? —preguntó Pablo desconcertado.

—Hoy es nuestro primer encuentro.

—Pues creo que nuestro primer encuentro va a ser muy breve —afirmó Pablo con tono enojado mientras daba una primera zancada para alejarse de aquel tipo tan raro.

—Elena está en peligro.

Pablo frenó en seco.

—Disculpe, ¿qué ha dicho?

—Creo que ya lo ha oído —respondió el hombre con total tranquilidad.

—¡¿Qué quiere decir?! ¡¿De qué conoce a Elena?! —interrogó Pablo alarmado.

—La segunda pregunta carece de total importancia. En cuanto a la primera, quiero decir exactamente lo que ha escuchado: Elena está en peligro, ni más ni menos. Si quiere recuperarla, tendrá que estar dispuesto a adentrarse en lo desconocido. Y le aseguro que no va a resultar una experiencia nada agradable. Simplemente he venido a advertirle. Puede considerarme lo que por estas curiosas tierras llaman «un amigo». —Al decir estas palabras, Pablo percibió en su rostro en sombra una mueca impregnada de ironía.

—Voy a llamar ahora mismo a la policía —afirmó.

Marcó con sus dedos temblorosos.

112.

«Este móvil está apagado o fuera de cobertura», anunció una voz femenina al otro lado del teléfono.

Pablo bajó la vista hacia el teléfono con cara de no entender nada. Apenas un segundo después encaró con rabia al extraño hombre.

—¡¡¿Quién es usted?!! —preguntó marcando cada sílaba.

—De nuevo una pregunta sin importancia. Le aconsejo que no pierda más el tiempo o acabará arrepintiéndose. ¿Tiene alguna otra cuestión que plantearme antes de que me marche? Y, por favor, pregunte bien. No se pierda en nimiedades —señaló con insolencia.

Pablo estaba a punto de estallar. Su cabeza le daba vueltas y no podía pensar. Observó las calles vacías. Miró de nuevo el móvil como si aquel trozo de plástico fuera su última esperanza.

Seguía sin cobertura.

Se quedó en silencio tratando de ordenar sus pensamientos.

—¿Cómo puedo encontrar a Elena? —dijo al fin con voz temblorosa.

—Bien. Pregunta correcta —respondió la figura—. No se preocupe. El camino se le mostrará —dijo quitándose el sombrero a modo de saludo—. Ahora, si me lo permite, debo irme. Ha sido un placer conocerle. No se moleste. Sé que el placer no ha sido recíproco. Hasta la vista y buena suerte.

El tipo comenzó a caminar dejando a Pablo plantado e inmóvil en medio de la nada.

—¡Ey! ¡Casi se me olvida lo más importante! —exclamó el hombre desde la distancia—. ¡¡Mire siempre hacia adelante!! ¡¡No lo olvide!! Este es el tipo de información que yo calificaría como importante.

 

[…]

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