Cuentos de oficina – Monstruos

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Además de mostraros las historias en las que trabajamos, queremos compartir con vosotros esos otros relatos y cuentos breves (con final) que surgen en nuestros ratos libres. Esta historia nos mostrará los monstruos que pueden esconderse detrás de la puerta de un despacho. Es, en definitiva, uno de esos cuentos de oficina que nos resultará muy familiar. Deseamos que os guste.

Monstruos

—Míralos. Ahí están. Hoy toca contarse la jugada del fin de semana. Siempre reunidos, cuchicheando, disimulando para que yo no me dé cuente. ¡Pero serán imbéciles! Unos vagos. Eso es lo que son: ¡Vagos! ¿Lo ves?

—Lo veo, sí. Reconozco que no te hice mucho caso, pero ahora lo veo muy claro.

—Ahí fuera hay gente que daría sus vidas por un trabajo como este. Yo empecé desde abajo. Me gané cada ascenso con el sudor de mi frente, joder. Y ellos vinieron con sus carreras y sus másteres. ¡Ja! ¿Para qué? Para nada. Para estar todo el día mirando las musarañas. Gastan más tiempo pensando en cómo no trabajar que trabajando. ¿Sabes lo que hacen?

—No, cuéntame.

—Cuando no les apetece trabajar se inventan reuniones para justificar su tiempo. Tienen una reunión todos los lunes —«para planificar la semana», dicen—. Y otra los viernes para hacer balance. ¡Ja! ¿Balance? ¡Te diré yo el balance! ¡Cero minutos trabajados, cero asuntos resueltos, cero propuestas! ¿Acaso no tengo razón?

—Claro que la tienes. Siempre acabas teniéndola.

—Tenemos que echarlos, en serio. Eso es lo que se merecen. Tres personas vagueando son demasiadas. Ya les hemos dado demasiadas oportunidades y no ha servido para nada. Pero en esto debemos estar juntos, ¿lo entiendes?

—Por supuesto y estoy totalmente de acuerdo. ¿Por quién empezamos?

—Déjame que piense… ¿Por la momia, quizá? Se pasa todo el día quieta, mirando al vacío, como si ya estuviera muerta. Y cuando intenta hacer algo es peor. Es tan lenta… «Perfeccionista», dice. ¡Ja! ¡Me pone de los nervios!

—Pero no sería bien visto. Es la única que tiene familia. Dos hijos, creo.

—Sí, joder. Tienes razón. Encima tengo que preocuparme por eso. Antes te mandaban a la calle sin más contemplaciones. No hacías bien tu trabajo y a la calle. Daba igual si tenías hijos, nietos o biznietos. No currabas. ¡A la puta calle! ¿En qué nos hemos convertido?

—¿Y el chupasangre?

—Podría ser… sí. Y no creas que no me duele. ¿Sabes? Confiaba mucho en el chaval. Parecía un tío listo. Venía con ganas, pero luego… un auténtico trepa. Absorbía todas mis ideas como un maldito vampiro y luego las vendía como suyas. ¿Puedes creerlo? Tuve que decirle al director general la clase de persona que era. Afortunadamente, tenemos un jefe cabal. Si no, no sé qué hubiera pasado, ni dónde estaríamos ahora. ¿Te imaginas?

—Pero ahora ya no tienes que preocuparte.

—No, no tengo que preocuparme. Tengo vía libre para hacer lo que quiera. Y claro que lo voy a hacer, joder. Hay cosas peores en la vida, ¿no? Un despido no es el fin del mundo. Míralos. Ahí están, tan tranquilos, pensando en si van a tomar el café de vainilla o de avellana. Creo que voy a empezar por él. ¿Qué te parece?

—El yeti.

—Sí, él. ¿Sabes que le encanta que le llamen así? Dice que es fundamental saber reírse de uno mismo. ¡Ja! Filosofía barata. Eso es lo que es. Va con su sonrisilla y sus buenos modales. Cree que tiene a todo el mundo ganado, pero esa bola de grasa no es más que eso: mucha grasa en la superficie, pero cero en el cerebro. ¿Sabes? Yo he visto a la gente reírse de él. Fingen que le hablan, que le escuchan, pero en cuanto se da la vuelta, ¡zas!, se ríen a carcajadas. Quizá ahora no lo vea, pero en el fondo, le estoy haciendo un favor. Si sigue aquí, acabará con depresión o, peor, pegándose un tiro después de zamparse una bolsa gigante de palomitas. Sería un final muy triste pero francamente apropiado. ¿Qué opinas?

—Que tienes toda la razón.

—Lo sé y a veces me gustaría no tenerla, no te creas. De verdad, no quiero que pienses que soy un engreído, pero es así. Siempre tengo razón. Mira, ahí vienen los tres. ¡Joder! Si pudiera echarlos a la vez… Pero no, tengo que ser paciente y listo. No debo hacer mucho ruido ¿Qué querrán ahora?

—¿Quién sabe? ¿Contarte otro de sus grandes proyectos?

—Sí, ja, ja, ja. Seguramente. Son como Antoñita, la fantástica, ¿sabes?Siempre mintiendo e inventado. Quizá vengan a arrastrarse pidiendo una segunda oportunidad. Yo creo que se huelen algo.

Tres golpes secos retumbaron en el despacho.

—Pasad… ¡los tres! No os quedéis ahí con cara de alelados ¿Qué podemos hacer por vosotros?

—Solo veníamos a recordarle la reunión con el director general. Es ahora, ¿se acuerda? –dijo el yeti.

—Sí, por supuesto que me acuerdo, pero, como podéis ver, ahora mismo estamos reunidos. Tenemos un asunto muy urgente que resolver. Cuando terminemos, me uniré a la reunión. ¿Seréis capaces de decírselo al director general? Creo que es una tarea sencilla que hasta vosotros podréis hacer.

—Sí, sí… claro, se lo diremos. No se preocupe. Cerramos para que no le… no les molesten.

La puerta lanzó su chirrido al cerrarse. Los tres se dirigieron a la máquina de café con cara de terror. El primero en hablar fue el chupasangre.

—¡¡¡Dios!!! ¡Tengo los pelos de punta! ¿No os parece terrorífico? Tenía tantas ganas de salir de ese despacho… Cada día me asusta más. Debemos hacer algo y pronto. Quizá es hora de hablar con el director general  —dijo.

—Yo todavía estoy en shock  —comentó la momia—. Me tiemblan las manos. Antes no estaba muy convencida. Pensaba que el mal humor era cosa de la edad. Pero ¿ver fantasmas? Esto es algo muy serio.

—Completamente de acuerdo con vosotros —afirmó el yeti—. Tengo el corazón a cien revoluciones. He alucinado cuando el tipo ha mirado la silla como si allí hubiera alguien sentado. ¿Con quién se imaginará que está reunido? No sé qué pensáis vosotros, pero esto me recuerda cada vez más al doctor Jekyll y Mr. Hide.