Cuentos de oficina – Tic-tac

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Cuentos de oficina

Además de mostraros las historias en las que trabajamos, queremos compartir con vosotros esos otros relatos y cuentos breves (con final) que surgen en nuestros ratos libres. Tic-tac es una historia cotidiana que muestra lo mucho que podemos perdernos si solo nos importa ser perfectos. Es, en definitiva, uno de esos cuentos de oficina que nos resultará muy familiar. Deseamos que os guste.

Tic-tac

Tic-tac, tic-tac. Las dos agujas se encontraron. Era el 12 del 12 del 2012 a las 12 horas. Uno de esos momentos que Andrés adoraba. Un instante en el que todo cuadraba, todo era perfecto, todo encajaba como las piezas de un rompecabezas. Lástima que apenas durase un segundo. Andrés sabía, por experiencia y sufrimiento, que todo era efímero, especialmente los momentos perfectos.

Siguió tecleando intentando desterrar esos pensamientos. Abrió el siguiente correo electrónico. Remitente: Alicia Gomes. Andrés frunció el entrecejo. Gomes era un apellido imperfecto. ¿Por qué diablos no terminaba en z como era lo normal? Ese tipo de cosas le irritaban. Tras años de terapia había sido capaz de controlar su rabia para que los demás no la notaran, pero él continuaba sintiendo ese resquemor que empezaba como un hormigueo en el pie izquierdo y subía directo hasta la boca del estómago. Entonces aparecían el ardor y las náuseas.

    De: Alicia Gomes

   Para: Andrés del Valle

   Hola, no me has dicho nada de esa cerveza que me prometiste 😉

No recordaba cómo había sucedido. Él, que todo lo medía y planificaba, había perdido el control en la fiesta de navidad de hace un par de semanas. Sabía que solo debía beber dos copas. Una, nada más cenar y otra, dos horas después. Así, podría irse a casa sobre las cuatro, dormir unas cuantas horas y levantarse sin resaca. Sin embargo, a eso de las tres y media, apareció Alicia con  dos cubatas, una sonrisa y un escote que no dejaba lugar a la imaginación.

Al día siguiente, Andrés se levantó con resaca y en una cama que no era la suya.  Desde entonces, cada día, recibía un e-mail sobre una cerveza que él no recordaba haber prometido. El lado positivo —siempre hay un lado positivo— era que, gracias a esos correos, estaba a punto de alcanzar antes de lo previsto los cien mil e-mails recibidos.

Desde que entró a trabajar en el despacho, hace diez años, contaba cada correo que le enviaban, los cafés descafeinados cortados con sacarina que se tomaba y los bolígrafos, siempre de tinta negra, que consumía. Cada vez que alcanzaba una cifra redonda, Andrés se concedía un homenaje. Los cinco mil cafés bebidos a lo largo de su impecable historia en la oficina le valieron un sabroso menú con exceso de calorías e hidratos de carbono en la hamburguesería de al lado de su casa. Todo un lujo teniendo en cuenta su dieta baja en grasas de 1255 calorías, ni una más ni una menos. Desde luego, los cien mil correos se merecerían un capricho mucho mayor. Y ya solo faltaban doce.

     De: Alicia Gomes

     A: Andrés del Valle

     Si no te gusta la cerveza siempre puedes pedir un vino 😉

Andrés controlaba perfectamente sus sonrisas, pero esta vez se le escapó una. Apenas la conocía. Trabajaban en distintos departamentos y en distintas plantas. Hasta aquella noche de la fiesta se habían cruzado exactamente dos correos y habían mantenido una breve y profesional conversación telefónica hacía poco más de año y medio. Por lo menos, así quedó reflejado en su libreta de notas. Sin embargo, era justo reconocer que la chica era insistente y con un toque de gracia. Quizá pudiera darle una oportunidad. Una cerveza no significaba nada y la verdad es que la otra noche lo había pasado bien. No era la chica perfecta que estaba esperando para el resto de su vida, pero mientras esta aparecía le podía valer. ¿Y si fuera su homenaje de los cien mil correos? Una cerveza con Alicia —o unas cuantas— y lo que viniera después. Once e-mails más y aceptaría la invitación.

     De: Alicia Gomes

     A: Andrés del Valle

     Ni una llamada, ni un correo, ni siquiera una visita. Si no fuera una tía con suficiente autoestima, ahora mismo estaría llorando por las esquinas. Sigo esperando. Tic-tac, tic-tac, tic-tac…

Vaya, la cosa prometía. Ese día estaba resultando muy fructífero. Entre los correos de Alicia y los habituales del trabajo, Andrés calculó que a la mañana siguiente, sobre el mediodía, posiblemente habría conseguido la mágica cifra de los cien mil. Apagó el ordenador, colocó sus archivadores en orden riguroso, salió de la oficina y se fue directo al gimnasio. Por la mañana, se levantó de buen humor —sorprendentemente— después de dormir sus siete horas y media. Se puso la camisa azul slim fit  que tantas miradas ganaba para su causa y su corbata roja preferida.

Sentía curiosidad por ver el correo, pero decidió no cambiar su rutina. Cogió un café de la máquina que bebió en dos estrictos minutos y leyó el periódico que le dejaban todos los días encima de su mesa, empezando por la última página, como siempre. Respiró hondo y abrió el Outlook. Ocho correos recibidos, ninguno de Alicia. Una punzada de decepción taladró su cabeza. De nuevo tomó aire. No pasa nada, no hay de qué preocuparse. Ella siempre le mandaba un e-mail a eso de las once.

Las horas pasaban muy despacio. Dos correos más recibidos. ¿No sería increíble que el correo cien mil lo enviara ella  Eso sí que sería apropiado. Es cierto que no tenía un cuerpo diez y que hablaba demasiado, pero era innegable que su sonrisa era perfecta y, además, parecía una tía lista y divertida. ¿Y si fuera algo más que un simple rollo? Otra sonrisa salió disparada sin control.

Por fin llegó. Un sonido metálico anunció el correo número cien mil. Y lo mandaba ella. Las palpitaciones se le subieron a la garganta. Las manos le ardían y el cuello de la camisa le apretaba como en sus peores días de ansiedad. Situó el ratón encima del correo e inspiró profundo y despacio. ¿Y si se ha cansado y no quiere saber nada de mí? ¡Y qué más da! No pasa nada. Es solo una tía… ¿o no? Una gota de sudor emborronó un folio y trajo recuerdos de miedo y asfixia, donde la angustia y la pérdida de control llenaban los días. Confuso, optó por tomarse otro descafeinado antes de enfrentarse al correo. Debía tranquilizarse. No había necesidad de precipitarse. Cuando volvió a su sitio, el correo seguía allí, marcado en negrita.

     De: Alicia Gomes

     A: Madrid_All Users

     Buenos días. Muchos lo sabéis y, si no, estaréis a punto de saberlo (jeje). Hoy es mi último día. Quien quiera y pueda, nos vemos abajo para tomar un café, intercambiarnos correos y teléfonos y desearnos toda la suerte del mundo. Estaré solo hasta las 12 h 😉

La cabeza de Andrés era una vorágine de ultimátums: último correo, último día, última oportunidad… No recordaba que Alicia le hubiera dicho que se marchaba. ¡MIERDA! Cerró los ojos y se concentró en su respiración. En apenas unos segundos, visualizó las posibles opciones de actuación y logró recomponerse. Todo tiene un lado positivo. El encuentro ocurriría a las doce, la hora perfecta. Debía ser una señal, sin duda.

Miró su reloj digital: 11.54. Todavía estaría en el bar. Cogió la americana y salió como un rayo al recibidor, sin preocuparse por los papeles que lucían desordenados sobre la mesa. El ascensor estaba ocupado. Abrió la puerta de acceso a las escaleras y las bajo atropelladamente de dos en dos. Cuando llegó a la planta baja se encontraba exhausto. Se reclinó sobre sus rodillas y respiró para encontrar el aire. Empezaba a odiar su camisa slim fit. Estaba a punto de salir a la calle y entonces lo escuchó. Allí estaba. El reloj de recepción. Tic-tac, tic-tac. Siempre le había gustado ese sonido rutinario y discreto, que llenaba el tiempo y el espacio. Ahora, sin embargo, se había convertido en un ruido estridente que  martilleaba con furia sus oídos.

Las agujas se encontraron a las doce.

Andrés se sintió muy extraño. Notó que su cuerpo se inflaba. El control, su viejo y gran amigo, tomaba de nuevo las riendas de su mente mientras la imagen de Alicia se perdía en algún lugar de su cerebro. Ya no la encontraba en sus pensamientos, ni en sus deseos. En su lugar, solo existía un vacío incómodo. ¿Qué hacía allí?

Al otro lado del ventanal una mujer movía el brazo y le invitaba insistentemente a salir mientras le sonreía y le guiñaba un ojo. Torció el cuello, la miró un instante con detenimiento y después se fijó de nuevo en el reloj. Las 12:01. El momento perfecto se había esfumado. Se dio la vuelta y con paso firme se dirigió a las escaleras. Mientras subía, pensó en su homenaje. Podría acercarse al cine, comerse una bolsa de palomitas bien saladas y beberse un refresco gigante cargado de azúcar y cafeína. Sí, eso es lo que haría.